Cuando “maleza” significa vida: a propósito de Medio planeta de E. O. Wilson

En este momento, tras los trágicos incendios que hemos sufrido y ante la oleada de expertos que proponen medidas, observo – con tristeza, otra vez – que la mayor parte de las recomendaciones se centran casi en exclusiva en la gestión del fuego para salvaguardar a la población humana (objetivo loable y necesario, por supuesto). Sin embargo, echo en falta propuestas de gestión ecológica de fondo que reduzcan la probabilidad de que este problema se repita cada verano. Tened presente, por favor, que ese “material inflamable” que muchos insisten hasta la saciedad en llamar maleza es, en realidad, hábitat: fuente de biodiversidad taxonómica y funcional de la que, aunque algunos se empeñen, no podemos prescindir. ¡Y esto es algo que la sociedad, gestores incluidos, debe entender rápidamente!

Matorral, que no "maleza", en el borde de un sendero en la isla de Ons. Además de una alta biodiversidad taxonómica (muchas especies distintas), este hábitat concentra biodiversidad funcional: organismos con roles complementarios que mantienen el ecosistema (polinizadores, depredadores, herbívoros, descomponedores, dispersores de semillas, fijadores de nitrógeno, etc..). La arquitectura cerrada del matorral genera un microclima interior (menos viento y radiación, más humedad) y una estructura en capas que multiplica refugios y recursos; ahí se intensifican las interacciones que sostienen su funcionamiento.

Matorral, que no «maleza», en el borde de un sendero en la isla de Ons. Además de una alta biodiversidad taxonómica (muchas especies distintas), este hábitat concentra biodiversidad funcional: organismos con roles complementarios que mantienen el ecosistema (polinizadores, depredadores, herbívoros, descomponedores, dispersores de semillas, fijadores de nitrógeno, etc..). La arquitectura cerrada del matorral genera un microclima interior (menos viento y radiación, más humedad) y una estructura en capas que multiplica refugios y recursos; ahí se intensifican las interacciones que sostienen su funcionamiento. Puede que no sea conveniente tenerlo en las puertas de casa, pero … no podemos prescindir de este tipo de hábitats en la naturaleza.

He comenzado a redactar esta entrada porque, en el café de media mañana de hoy, ha salido a colación la propuesta “Medio planeta” que hizo en su día Edward O. Wilson. En su libro Half-Earth (Medio planeta), Wilson lanzó una idea provocadora: destinar aproximadamente la mitad del planeta a la naturaleza para conservar la mayor parte de la biodiversidad. No es un plan operativo detallado para cada país, sino un objetivo-marco que nos obliga a preguntarnos cuánto, dónde y cómo proteger. Su propuesta es especialmente pertinente cuando pensamos en incendios: si el paisaje se gestiona solo con criterios de “limpieza” y barrido de sotobosque, perdemos procesos ecológicos y diversidad que, a largo plazo, sostienen la resiliencia de los ecosistemas (1). Y, por favor, lectoras y lectores: ¡tengamos miras más allá del momento puntual que transitamos!

Ahora bien, Half-Earth despertó críticas importantes – y muy útiles –. Un primer grupo subrayó los impactos sociales de ampliar áreas protegidas a gran escala si no se incorporan derechos y gobernanza: ¿es justo y viable “proteger la mitad” sin un plan para la otra mitad donde vivimos? Este debate es clave también en política de incendios: cualquier transformación del territorio debe incluir a las personas que lo habitan, no solo construir perímetros y cortafuegos (2).

Otros trabajos cuantifican la dimensión del reto: al menos mil millones de personas viven en lugares que quedarían dentro de áreas protegidas con metas tipo “Half-Earth”. Traducido al contexto de incendios: el ordenamiento y la planificación deben integrar conservación, usos del suelo y seguridad humana, evitando soluciones simplistas que externalicen costes ecológicos o sociales (3). Y he mencionado en primer lugar “conservación”. Estos días estamos asistiendo a consignas de “expertos en incendios” -avalados, sí, por publicaciones científicas – que proponen incorporar especies exóticas adaptadas al fuego en restauración para “adaptarnos” al cambio climático… obviando una literatura amplia sobre efectos indeseados de invasoras en los regímenes de fuego, incluidos bucles de retroalimentación fuego-invasión (4, 5).

Desde la biología de la conservación se ha insistido en que no basta con el porcentaje: importa qué mitad protegemos y cómo tejemos conectividad y representatividad. Aplicado al fuego, la pregunta no es solo “cuánta biomasa retiramos”, sino dónde y de qué tipo, para mantener funciones (suelo, polinizadores, dispersión de semillas) y reducir riesgos sin degradar el sistema que pretendemos defender (6).

Finalmente, voces desde la ecología global recuerdan que reservar grandes áreas es necesario pero insuficiente en el Antropoceno: la conservación debe integrarse en la economía y la gobernanza del territorio, también en la matriz agrícola y periurbana donde se originan muchos incendios o donde estos se vuelven catastróficos. En otras palabras, proteger y gestionar deben ir de la mano con transformar los motores que alimentan el riesgo (7).

¿Qué implicaría mirar más allá de la “maleza”?

  • Reconocer que el sotobosque y los matorrales no son “residuos”, sino comunidades con especies clave y funciones (ciclo de nutrientes, refugio faunístico, regulación microclimática).
  • Pasar de la “limpieza indiscriminada” a establecer planes finos de gestión de “combustibles” por tipos de hábitat, estacionalidad y objetivos de biodiversidad.
  • Diseñar mosaicos y corredores que reduzcan la propagación del fuego sin homogeneizar la diversidad (manteniendo paisajes heterogéneos).
  • Alinear prevención, restauración post-incendio y conservación a escala de paisaje, con participación local y ciencia abierta.

No se trata de elegir entre gente o naturaleza. Se trata de cómo diseñamos paisajes habitables y resilientes, donde la seguridad humana y la integridad ecológica no compitan, sino que se refuercen. En ese sentido, Medio planeta funciona como un recordatorio incómodo y necesario: si convertimos todo en zona “a limpiar”, el precio a pagar será un territorio cada vez más pobre y, paradójicamente, más vulnerable.

Referencias (dejo aquí las referencias bibliográficas con acceso a la URL por si algún lector está interesado en profundizar en el tema)

  1. Wilson EO. 2017. Medio planeta: la lucha por las tierras salvajes en la era de la sexta extinción. Madrid: Errata Naturae. https://erratanaturae.com/product/medio-planeta/
  2. Büscher B, Fletcher R, Brockington D, Sandbrook C, Adams WM, Campbell L, et al. 2017. Half-Earth or Whole Earth? Radical ideas for conservation and their implications. Oryx 51(3): 407-410. https://doi.org/10.1017/S0030605316001228
  3. Schleicher J, Zaehringer JG, Fastré C, Vira B, Visconti P, Sandbrook C. 2019. Protecting half of the planet could directly affect over one billion people. Nature Sustainability 2: 1094-1096. https://www.nature.com/articles/s41893-019-0423-y
  4. Brooks ML, D’Antonio CM, Richardson DM, Grace JB, Keeley JE, DiTomaso JM, Hobbs RJ, Pellant M, Pyke D. 2004. Effects of invasive alien plants on fire regimes. BioScience 54(7): 677–688. https://doi.org/10.1641/0006-3568(2004)054[0677:EOIAPO]2.0.CO;2
  5. D’Antonio CM, Vitousek PM. 1992. Biological invasions by exotic grasses, the grass/fire cycle, and global change. Annual Review of Ecology and Systematics 23: 63–87. https://doi.org/10.1146/annurev.es.23.110192.000431.
  6. Pimm SL, Jenkins CN, Li BV. 2018. How to protect half of Earth to ensure it protects sufficient biodiversity. Science Advances 4(8): eaat2616. DOI: 10.1126/sciadv.aat2616. https://www.science.org/doi/10.1126/sciadv.aat2616
  7. Ellis EC. 2019. To conserve nature in the Anthropocene, half Earth is not nearly enough. One Earth 1(2): 163–167. https://doi.org/10.1016/j.oneear.2019.10.009

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