Por qué a veces la ciencia no basta para cambiar la realidad
Hace apenas unas semanas, las lluvias otoñales parecían haber borrado de los medios de comunicación la palabra “incendio”. El paisaje reverdece, los embalses se llenan y el problema se evapora del debate público… hasta el próximo verano. Pero quienes trabajamos en ecología sabemos que el fuego regresará. No sólo porque el clima lo propicie, sino porque nuestras decisiones colectivas siguen guiadas más por emociones y símbolos que por evidencias.

En nuestras clases en la Universidad solemos hablar de biodiversidad, resiliencia o cambio global como si bastara con conocer los datos para actuar en consecuencia. Sin embargo, la psicología cognitiva nos recuerda que la razón y la emoción no son enemigas, sino aliadas turbulentas. A menudo, la emoción toma el timón, y lo hace mediante ciertos sesgos cognitivos que colorean cómo interpretamos la realidad.
Uno de los más potentes es el sesgo de identidad (identity-protective cognition; Kahan, 2017). Y es que, resulta que tendemos a aceptar o rechazar información según encaje con la visión del mundo de los grupos a los que pertenecemos o admiramos. Si nos sentimos parte —aunque sea afectivamente— de una comunidad tradicional, será difícil aceptar que algunas de sus prácticas, hoy, puedan tener efectos ecológicos negativos. ¿Os recuerda alguna situación reciente?
A este se une el razonamiento motivado, que nos lleva a buscar argumentos que confirmen lo que deseamos creer y a desechar lo que nos incomoda (Ecker et al., 2022). Y, para completar el cóctel, el sesgo de afecto: si algo nos emociona o nos inspira ternura —un bosque ancestral, una aldea remota, una quema “de toda la vida”—, evaluamos sus riesgos con menor rigor (Slovic et al., 2012).
El resultado es que muchas sociedades mitifican o idealizan las tradiciones. Les atribuimos una especie de pureza moral que neutraliza la crítica científica. No es malicia: es psicología humana. Buscamos coherencia con nuestras raíces, con los relatos que dan sentido a nuestra identidad colectiva. Pero ese mismo impulso identitario puede impedirnos reconocer que un paisaje que ardía de una forma en el siglo XIX no puede gestionarse igual en pleno Antropoceno.
Comprender estos sesgos no significa despreciar las culturas tradicionales —todo lo contrario—. Quienes hemos crecido entre aldeas, montes y saberes campesinos sabemos bien cuánto conocimiento y belleza encierran. Pero honrar una cultura no equivale a idealizar todas sus prácticas. La verdadera lealtad hacia nuestra herencia pasa por revisarla con pensamiento crítico, adaptarla y mantener vivo su espíritu, no su literalidad.
La ciencia no es infalible, pero ofrece el mejor antídoto que tenemos contra nuestros propios engaños cognitivos. Y reconocerlos no nos hace menos humanos: nos hace más responsables. Si queremos que los próximos veranos no se repitan los mismos incendios —ni las mismas excusas—, tendremos que aprender a mirar la tradición con afecto, sí, pero también con evidencia.
Porque sin autocrítica, ninguna cultura se conserva: sólo se repite.