El verdadero valor de algo no se mide por los discursos que pronunciamos cuando existe, sino por los esfuerzos que estamos dispuestos a realizar para conservarlo cuando corre el riesgo de desaparecer.

Hace unas semanas descubrí que la página web de Divulgare, un proyecto de divulgación científica en el que llevamos trabajando cerca de dos décadas, había dejado de estar disponible, supuestamente porque había sufrido un ataque informático. No es la primera vez. Durante dieciocho años, esta web ha ido acumulando vídeos, materiales educativos, ilustraciones, recursos docentes, entrevistas, fotografías, reflexiones sobre conservación de la naturaleza y cientos de horas de trabajo realizadas por un equipo humano volcado en su labor de acercar a la sociedad los resultados del trabajo científico que contribuye a financiar. Hasta el punto de que, para mantenerla útil y actualizada, hemos trabajado con frecuencia fuera del horario laboral, durante noches, fines de semana y vacaciones. Ahora no me siento con fuerzas ni tiempo para volver a reactivarla.


En Divulgare.net se han ido acumulando vídeos, materiales educativos, ilustraciones, recursos docentes, entrevistas, fotografías, reflexiones sobre conservación de la naturaleza y cientos de horas de trabajo realizadas por un equipo humano volcado en su labor de acercar a la sociedad los resultados del trabajo científico que contribuye a financiar
Como ocurre con muchas iniciativas de divulgación, nunca ha sido un proyecto rentable económicamente. He de reconocer que tampoco fue concebido para serlo. Su objetivo era otro: intentar acercar el conocimiento científico a la sociedad de una forma rigurosa, accesible, atractiva y … de primera mano por quienes estamos involucrados en la investigación. Por eso, me cuesta entender que iniciativas de este tipo se conviertan en el objetivo de personas que dedican tiempo y esfuerzo a destruir proyectos que únicamente pretenden acercar el conocimiento científico a la sociedad….
Además del consiguiente enfado, cuando una página así desaparece, la primera reacción es preguntarse qué ha ocurrido.
La segunda, quizá más interesante, es preguntarse cuánto valoramos realmente este tipo de iniciativas.
Durante años hemos escuchado que la divulgación científica es importante. Las universidades la consideran hoy en día una misión esencial. Las administraciones públicas destacan su valor. Los investigadores somos animados a participar en ella. Los medios de comunicación, por su parte, reclaman una mayor presencia de la ciencia en la sociedad.
Todo el mundo parece estar de acuerdo…
Hasta que llega el momento de mantenerla.
Porque producir divulgación exige tiempo. Mucho tiempo. Requiere conocimientos especializados, esfuerzo continuado, capacidades de comunicación, diseño gráfico, mantenimiento técnico y, por supuesto, recursos económicos.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Quién debe asumir esos costes?
La respuesta más frecuente con la que me he encontrado la mayoría de las veces que la he formulado parece ser sencilla: quien realiza la divulgación.
Es una solución extraordinariamente cómoda. Permite que todos defendamos públicamente la importancia de acercar la ciencia a la sociedad mientras los costes recaen sobre quienes deciden hacerlo.
Durante años en Divulgare aceptamos esa lógica con naturalidad. Quizá porque quienes hacemos divulgación solemos hacerlo por convicción más que por obligación. Nos gusta explicar. Nos gusta compartir conocimiento. Nos gusta pensar que nuestro trabajo puede servir para algo más que para generar artículos científicos que habitualmente lee un reducido número de personas.
Sin embargo, cuando un proyecto construido durante casi veinte años desaparece o necesita ser restaurado, surge una cuestión que merece cierta reflexión. Si realmente consideramos que la divulgación científica es importante, ¿por qué depende tan a menudo del voluntarismo individual?
Resulta curioso que las universidades dispongan de mecanismos para preservar artículos científicos publicados hace décadas, tesis doctorales defendidas hace años o datos de investigación almacenados en repositorios institucionales, pero que gran parte del trabajo de divulgación quede ligado a iniciativas personales cuya supervivencia depende, en última instancia, de la capacidad económica y la persistencia de quienes las impulsan.
Quizá sea inevitable. O quizá simplemente refleja nuestras prioridades. Porque el verdadero valor de algo no se mide por los discursos que pronunciamos cuando existe, sino por los esfuerzos que estamos dispuestos a realizar para conservarlo cuando corre el riesgo de desaparecer.
Durante estos días he escuchado mensajes de apoyo, de ánimo y de reconocimiento hacia el trabajo desarrollado en Divulgare. Los agradezco sinceramente. Pero también me han llevado a pensar que existe una diferencia importante entre valorar una iniciativa y estar dispuesto a sostenerla.
La primera es relativamente frecuente.
La segunda es bastante más escasa.
Tal vez la pérdida temporal de una página web no sea un acontecimiento especialmente relevante. Existen problemas mucho más importantes en el mundo.
Sin embargo, sí puede servir para plantear una pregunta que trasciende este caso concreto.
Cuando afirmamos que la divulgación científica es importante, ¿lo decimos porque realmente creemos que forma parte de la misión de la ciencia o porque nos gusta que exista mientras otros asumen el esfuerzo de mantenerla?
La respuesta, sospecho, dice mucho más sobre nuestra relación con la ciencia de lo que parece a primera vista.