¿qué ocurre cuando la evidencia científica choca con tradiciones, intereses o identidades colectivas?
No todos los artículos científicos nacen igual. Algunos empiezan tras años de trabajo de campo, miles de datos y análisis estadísticos. Otros nacen de algo más incómodo: una sensación persistente de que hay una pregunta importante que casi nadie parece querer formular. Este trabajo que acaba de ser publicado pertenece a ese segundo grupo.

Acaba de ser aceptado en la revista Ecological Solutions and Evidence y, curiosamente, es un artículo sin datos nuevos. En el mundo académico este tipo de trabajos suele denominarse Perspective: un formato en el que los autores no presentan experimentos propios, sino que reúnen evidencias ya existentes para proponer una idea, señalar un problema o abrir un debate científico. Dicho de forma sencilla: no se trata de responder una pregunta concreta con nuevos datos, sino de preguntarse si quizá estamos interpretando mal algo importante. Y en este caso la pregunta era incómoda.
No trabajo en el ámbito de los incendios forestales y por lo tanto, no me considero experto, ni por asomo, en este tópico, pero… llevo años observando una paradoja que me resulta difícil ignorar: de acuerdo con las estadísticas oficiales, más del 90% de los incendios registrados en España son atribuibles a causas antrópicas, bien sea intencionadas, por negligencias o accidentales. Y, dentro de ellos, una fracción muy importante está asociada, directa o indirectamente, a usos del fuego ligados a actividades agrícolas, ganaderas o prácticas que a menudo se presentan bajo el paraguas de la tradición.
Sin embargo, cuando el tema aparece en el debate público sucede algo curioso. Parece existir una enorme resistencia social a mirar de frente esta realidad. Como si determinados hechos se volvieran difíciles de discutir cuando entran en juego identidades, costumbres o narrativas culturalmente arraigadas.
Y aquí conviene aclarar algo importante: el artículo no es un ataque a la tradición ni una defensa simplista del mensaje contrario. Tampoco cuestiona la utilidad del fuego prescrito. De hecho, el fuego prescrito es una herramienta científica y de gestión que, bien utilizada, puede ser muy valiosa. Aplicado bajo condiciones controladas, con objetivos concretos, planificación y seguimiento, puede reducir combustible y contribuir a prevenir grandes incendios.
El problema aparece cuando sucede algo mucho más sutil. Porque los mensajes científicos no siempre llegan intactos a la sociedad. A veces parecen pasar por un filtro que conserva aquello que resulta útil y elimina parte de los matices. Así, una afirmación como «el fuego puede ser una herramienta beneficiosa bajo determinadas condiciones» puede acabar transformándose en una idea mucho más simple, y también mucho más cómoda para algunos colectivos: «si los científicos dicen que el fuego puede ser bueno, entonces nuestro uso tradicional del fuego queda justificado». Y ahí es donde decidí detenerme.
Porque la pregunta dejó de ser ecológica y pasó a ser casi psicológica: ¿cómo viaja el conocimiento científico desde los artículos hasta la sociedad? ¿Qué ocurre por el camino? ¿Por qué ciertas evidencias se aceptan y otras generan resistencia?
El artículo propone precisamente que el principal problema quizá no sea la falta de conocimiento científico, sino cómo ese conocimiento se interpreta, simplifica o adapta cuando sale del contexto académico.
Para intentar entenderlo recurrí a algo poco habitual en ecología: literatura sobre psicología cognitiva y comunicación científica. Sesgos de confirmación, lealtades grupales, narrativas culturales o mecanismos mediante los cuales tendemos a aceptar más fácilmente aquello que encaja con nuestras creencias previas.
Y a partir de ahí el artículo plantea una idea sencilla: si queremos una gestión ambiental basada en evidencia, generar ciencia no es suficiente. También importa cómo se comunica.
Por esa razón propongo un pequeño marco de trabajo basado en cuatro pilares: mejorar la comunicación del consenso científico, promover la coproducción de conocimiento entre investigadores y sociedad, utilizar marcos culturales que conecten con las identidades locales e integrar mejor la evidencia científica en las decisiones políticas.
Aunque el trabajo utiliza el caso de los incendios en la Península Ibérica, en realidad habla de algo mucho más amplio. Porque … quizá el problema nunca fue únicamente del fuego.
Lo estamos viendo, desgraciadamente, en debates sobre especies invasoras, cambio climático, crisis de polinizadores gestión del territorio o conservación. Una y otra vez aparece la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la evidencia científica choca con tradiciones, intereses o identidades colectivas?
Y sospecho que esa pregunta será cada vez más importante. Porque a veces el mayor desafío no consiste en producir conocimiento. Consiste en evitar que se pierda por el camino.
