Más allá de los Big Five

Harry, el protagonista de Las nieves del Kilimanjaro, tenía historias que nunca llegó a escribir. Esta estuvo quince años a punto de convertirse en una de ellas. Por suerte, conseguí rescatarla a tiempo de aquella libreta de campo…

Hay datos que tardan mucho tiempo en encontrar su camino desde una libreta de campo hasta una publicación. Estos han necesitado nada menos que quince años.

En 2011 aproveché un viaje a Tanzania para cumplir uno de esos sueños que uno lleva tiempo guardando: subir al Kilimanjaro y conocer sobre el terreno la extraordinaria transición desde la vegetación afromontana hasta los ecosistemas afroalpinos de las cotas más elevadas. Quería también ver con mis propios ojos la rapidísima regresión de los glaciares y campos de hielo de aquellas míticas «Las nieves del Kilimanjaro» que Hemingway convirtió en parte de nuestro imaginario. Resulta curioso que uno de los temas que atraviesan aquel relato sea precisamente el de las experiencias vividas y las historias que vamos dejando para contar algún día, hasta correr el riesgo de que nunca lleguen a ser escritas. Estos datos estuvieron cerca: permanecieron quince años durmiendo en una libreta de campo. Por fortuna, esta pequeña historia africana sí ha terminado siendo contada.

Kilimanjaro, 2011. En la cima con Mitch Aide, uno de mis mentores científicos y uno de esos excelentes amigos con los que he tenido la suerte de compartir ciencia, viajes y unas cuantas aventuras.

Pero había otra cosa que me producía mucha curiosidad en aquel momento de mi carrera profesional. Yo llevaba años trabajando con interacciones entre plantas y animales y quería empezar a entender cómo funcionaban en África. Porque, al menos desde nuestro pequeño rincón del mundo, la naturaleza africana que nos llegaba entonces estaba protagonizada casi siempre por animales grandes. Leones, elefantes, búfalos, rinocerontes, leopardos… Los famosos Big Five. De las innumerables interacciones que ocurrían discretamente entre plantas y animales sabíamos, y veíamos, bastante menos.

Así que, además de mirar a los Big Five (por supuesto que lo hice 😄), dediqué parte del tiempo a mirar flores.

Y de aquellas observaciones, anotadas en mi libreta de campo en junio de 2011 cerca de Arusha, acaba de salir este trabajo sobre Aloe secundiflora.

Lo que encontramos cuenta una pequeña historia ecológica bastante bonita. Las flores de este aloe son visitadas por nectarínidos, aves africanas especializadas en alimentarse de néctar. Chalcomitra senegalensis, con un pico relativamente largo, introduce el pico por la abertura de la flor y actúa como visitante «legítimo»(*), transportando polen entre flores. Pero Hedydipna collaris, con un pico bastante más corto, resuelve el problema de otra manera: perfora la base de la corola y roba el néctar sin pasar por donde la planta, por decirlo de algún modo, «esperaba» que pasase.

Tanzania, 2011. Un suimanga buscando néctar en las flores de Aloe secundiflora. Una interacción completamente nueva para mí en aquel momento y una de esas pequeñas historias que despertaron mi curiosidad por las interacciones planta-animal africanas. Quince años después, aquellas observaciones han terminado convirtiéndose en este trabajo.

Y aquí apareció lo interesante. Cuanto más larga era la corola, mayor era la probabilidad de que una flor fuese robada. Aproximadamente un 34 % de las 385 flores examinadas presentaban señales de robo y, además, ese robo no parecía salirle gratis a la planta: las flores robadas tenían unas cinco veces menos probabilidades relativas de iniciar un fruto que las no robadas.

Cuando ser más grande no es mejor. Las flores con corolas más largas tienen una probabilidad mucho mayor de sufrir robo de néctar y éste afecta de manera negativa a su reproducción. A veces, en evolución, una ventaja para unos puede convertirse en una oportunidad para otros. De ahí el título de este trabajo: “When bigger is not better”.

Es un estudio pequeño, nacido de apenas dos días de trabajo de campo, y precisamente por eso me gusta especialmente haber conseguido rescatarlo de aquella libreta quince años después. No pretende explicar cómo funcionan las interacciones planta-animal en África. Simplemente añade una pequeña pieza a un enorme puzle del que todavía conocemos mucho menos de lo que deberíamos.

Porque África tiene sus Big Five, y desde luego merece la pena verlos. Pero alrededor de ellos suceden millones de historias ecológicas mucho más discretas: flores que ponen barreras, animales que encuentran maneras de sortearlas, plantas que pagan las consecuencias y relaciones que pueden acabar influyendo en la reproducción y, con el tiempo, en la evolución de sus protagonistas.

Quizá solo necesitemos aprender a mirar un poco más despacio.

Quince años después, esta es mi pequeña contribución para que, además de mirar a los grandes, prestemos atención a todo lo demás que está ocurriendo a su alrededor.

Harry, el protagonista de Las nieves del Kilimanjaro, tenía historias que nunca llegó a escribir. Esta estuvo quince años a punto de convertirse en una de ellas. Por suerte, conseguí rescatarla a tiempo de aquella libreta de campo…

Navarro, L. (2026). When bigger is not better: corolla length increases nectar robbing in Aloe secundiflora. African Journal of Ecology e70225 https://doi.org/10.1111/aje.70225

(*) «Visitante legítimo» es un término habitual en ecología de la polinización. Pero la legitimidad o no de una visita, como bien dice mi amigo Jose María Gómez «Rocka», es cosa nuestra; para los animales son simplemente distintas formas de acceder al néctar.

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